Monday, May 19, 2008

Escila y Florida

Hay una analogía algo trillada: es la que se establece entre la vida personal a través de los años, y el pasaje dificultosos por caminos más o menos arriesgados. El peligro de muerte ante enemigos o los azares de un viaje –que alimenta los viejos clásicos y en particular al cine- se parece a la posibilidad de destinos adversos, aún en vidas más o menos tranquilas. La duda de Ulises frente al doble peligro de Escila y Caribdis es épica e inspira metáforas, pero el hombre común y argento no regresa de Troya hacia Itaca, sino que camina por el microcentro porteño para darse de baja en American Express. Y allí se topa con la calle Florida.

Ahí voy yo deslizándome entre una muchedumbre que parece caminar siempre en sentido opuesto, y para la cual los semáforos dejan de existir. Los autos vacilan y quedan en medio: eso provoca el enojo de la misma gente, ya enardecida de antemano por otros obstáculos interpuestos -quioscos de diarios, vendedores de cuero, cambistas, mutilados, estatuas vivientes y falsos ministros-. El ruido es atronador: toda la gente habla, entre sí, o con su celular, en diferentes lenguas mayormente berretas. Los derviches de la nueva religión ofrecen dólares baratos, camperas de cuero, préstamos a sola firma o celulares, sin distinción. Los mendigos dan doble pena, la de siempre y la adicional por implorar en ese medio hostil. Un vendedor arroja al aire un jueguecito espantoso que hace un dyshhhhhh al subir. Asumo que un depredador del cretácico bramaría de un modo más amistoso.

Algún preclaro intendente la hizo peatonal hace cuarenta años y el principio estuvo bien -Harrods, la vieja y oscura Galería Pacífico de una planta, el Florida Garden y el Richmond-. Luego, arreció la fealdad y se convirtió en un no-lugar repleto de oportunistas. Ningún turista medianamente avisado debería pasear por la calle Florida, nadie debería comprar cueros alli, ningún dólar que se encuentre es verdadero: hemos logrado reunir a los peligros de Escila y a la fealdad de Caribdis en una sola calle.

Por suerte, son sólo diez cuadras, y la belleza de la Plaza San Martín provoca el olvido.

4 comments:

Vero said...

Nunca me gustó Florida. Para mi es deprimente. Ahora entiendo por qué. Por desgracia no me alcanza con Plaza San Martín (un poco venida a menos, no?).
Los turistas son seres curiosos. Se complacen en ver y hacer cosas que ni en sueños/pesadillas harían en sus países de origen.
Lo que realmente me gustaría saber es cómo trasmiten esa experiencia entre los suyos. Con seguridad no tan elegantemente como en este post.

dcs said...

Vero, los turistas "venden" que les fue fantástico en Florida Street, "a fabulous place when people would gather to watch tango dancing and smell that unique Argentine flavour".

Todo el turismo es una gran mentira. De paso, si conocés a alguien que me haga un descuentito en unos pasajes a Roma...

Anonymous said...

No conozco a nadie que, en su sano juicio, haya admitido que visito un lugar espantoso, o que se aburrio como una ostra en sus vacaciones. es como declarar que te aburriste haciendo el amor...estamos condenados al exito vacacional! al respecto, recomiendo leer Plataforma, de M. Houellebecq. sdos!

dcs said...

Es cierto, anonymous, hay cosas que sòlo se confiesan entre amigos... pero esas confesiones son las más sabrosas.

De MH leí "Ampliación..." y "Partículas Elementales". Decir escéptico es poco.