Thursday, April 29, 2010

El falso balbuceador

El camino del infierno está lleno de falsos balbuceadores. Gente que pretende colocarse en un plano inexistente de vacilación y -como quien remonta un barrilete- hace judo moral con su interlocutor, ascendiendo al universo de los grises, pretendiendo arrimarse a una posición intermedia de la que secretamente desconfía. El falso balbuceador tremola para no tener que oponerse.

Hace poco descubrí a un amigo con ese nuevo tembleque vocal; quise detenerlo pero siguió provocando pequeños sismos en su papada. Sus ausencias ahora correlacionan con ese tremolar. Más tarde descubro que el inefable Víctor Hugo Morales, cuando quiere quedar bien con un entrevistado, usa admirablemente un prolijo balbuceo que da cuenta de la inversión de su signo político. Tal vez entregar al oponente la aparente debilidad de una mala dicción signifique tan sólo un peón, una pérdida pequeña en un ajedrez largo y muy complejo.

Mire a los ojos al falso balbuceador. Advierta si repetidamente usa el "a ver" en su alocución, o si achina los ojitos, como si le fuera imposible enfocarse o entrever al otro. Péguele, péguele repetidas veces. Habrá hecho justicia.

Sunday, April 18, 2010

Harrods

La foto publicada hoy por La Nación me hizo pensar en que la belleza no tiene color ideológico ni signo político; que merece ser preservada, pero que otras veces decide autopreservarse, haciendo casos omiso de lo que haga la gente a su alrededor.

Imaginemos esas décadas de salones en silencio. Habrá habido cuidadores, o estas sillas del salón de peluquería habrán esgrimido un escudo indescifrable -contra decretos, contra patoteros, contra especuladores inmobiliarios-.

Pienso, finalmente, que el resurgimiento de la belleza tiene que ver más con alguna mezcla de azares, o más bien con que los destructores de belleza no se hayan enterado. Tiemblo pensando en futuros piquetes.

Wednesday, April 07, 2010

S(card)dering

En lo profundo de la noche uno cree que acomodando el pasado se pueden avizorar mejores perspectivas futuras. Sin hacer ruido uno baja la escalera, abre el escritorio, y saca a relucir ese pequeño infierno rectangular de logos y nombres del pasado, que es el tarjetero.

"Carpet crawlers...", decía la canción de Génesis. Miro los logos: Terra, Patagon, Netscape... pequeñas ambiciones aquí y allá, en pugna por aparentar ser los mejores. La mitad de los cartones guarda viejas anotaciones mías: "buen tipo", "sabe mucho de tecnología", "terrible mina, sin cerebro", "conejo laboral". Las tarjetas se apretujan unas a otras en un espiral de desconsuelo, resistiéndose a perder su ligazón entre sí (por empresa, por país, por alfabeto) como si un LinkedIn perfectamente real e invisible guiara sus actos. Como si la canción continuara:

"Mild mannered supermen are held in kryptonite,
And the wise and foolish virgins giggle with their bodies glowing bright"

Pero hay figuritas que no brillan. De la mitad de las tarjetas nada recuerdo, y siento que el mandato de arrojar todo a la basura sólo es detenido por la brillantez de los logos. Todos esos fugaces momentos laborales que son casi cero, serán ahora de una nulidad absoluta.

Tras esa noche de arreglos, la propia identidad cobra vida con la luz de la mañana. De algún modo hay un backup vital que garantiza que al despertarnos seguimos, de algún modo, siendo nosotros. Dónde estarán las células, los axones, las pequeñas configuraciones cúanticas que en su spin up o spin down guardan la manera en que somos, más allá de lo laboral, bastante más allá de las tarjetas o de los logos.

Son preguntas sin respuesta. En otro universo, alguien se levanta sintiéndose extraño. Sin motivo aparente revisa su tarjetero, encuentra una vieja tarjeta mía, y la arroja justicieramente al canasto.