Para esa gente sedentaria que aún no lo sabe, un pace-maker es un tipo que va en una marathon (42 kilómetros y monedas) corriendo a un cierto ritmo predecible y constante, en aquello que los viejos maestros del secundario llaman movimiento rectilíneo uniforme. Corre con un banderín bien visible y algo ridículo -un inspector Gadget auspiciado por Gatorade- para ayudar a los corredores más novatos a llevar un ritmo parejo; de otra forma, esto después de los 30 km se paga caro.
Uno, el pacemaker podría ir más rápido, pero no debe. Dos, a veces está tentado de ir más despacio, pero no puede. Esa distancia entre el ser y el no ser es la que atenaza la existencia del tipo. No corre su carrera, sino la del resto, y se entrega a ese hecho, con la mente plagada de planillas y la glucosa en descenso.
Ahí va él, como su indiscreta banderita señalando el tiempo que lo separa entre largada y llegada. Le duele algo? Nada. Le preguntan cosas? Él responde parcamente, porque no le sobra mucho aliento. O sí, cada tanto musita alguna respuesta. Y nada de trampas: no puede ir más rápido, e ir disminuyendo a medida que el objetivo está seguro, pues eso comprometería al grupo. Abjura de la aceleración, para él sólo existe la velocidad constante.
Le preguntan, “maestro, vas a ir a 5:20 el kilómetro?” Y él responde que sí. Y lleva anotado en un brazalete sus monótonos tiempos parciales. Y tiene calor en la largada, y le pide al grupo que le ayuden a sacarse esa remera amarilla que le puso el sponsor. Y el grupo ayuda, como quien viste y desviste a un actor. Y descubre que por ser pacemaker está siempre en el centro del enjambre, y no le llegan las ayudas del agua ni al Gatorade. Y el grupo le pasa todo lo que necesita. Y descubre malhumor en la gente que pasa al final, y él les dice: “corré acá al lado” y no dicen más. Él tiene un poder que no comprende sobre el resto. Hace calor, Rosario de pronto hierve. Se tira el agua que le sobra en la nuca y se sorprende cuando el banderín roza un árbol. Pregunta, lo tengo todavía? Y le dicen que sí. Y piensa que en el km 32 o el 33, hay que acelerar un toque. Pero el camino está lleno de subidas y bajadas imperceptibles que hacen todo más difícil. Pasa las horribles rotondas del km 37 y gira hacia la barranca como un toro herido, llevando el estandarte del tiempo en su lomo.
Le puede pasar al pace-maker que haya tenido algo de gripe esa semana, y que en el km38 se diga “no puedo más” y haya pensado en pasarle el banderín a alguna otra víctima propiciatoria. Pero le queda media glucosa para pensar, y arma el grupo de tres en tres contra el viento y se pone él en el medio, y aguanta. Ellos no lo saben, pero los pacemaker son ellos, y él por un par de kilómetros es sólo un impostor llevando un banderín... pero a lo lejos, cerca del Monumento, ya se ve la llegada. Y el cronómetro dice 3:44:50, y sólo quedan unos pocos metros. El grupo finalmente llega como un ramillete marchito y húmedo, arrojándose a la meta, lo abrazan (él se pregunta por qué), le sacan fotos (pero no vieron que yo estaba muerto?) y todo termina.
Debuté de pace-maker en la marathon de Rosario.
Prometí tres horas cuarenta y cinco. Hice tres horas cuarenta y cinco.
Y fue casi mejor mejor que bajar mi propia marca.