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Wednesday, March 14, 2012

La respuesta a los problemas

Paso por este lugar decenas de veces a la semana, y seguiré haciéndolo hasta que muera. Es un momento de introspección: cruzar del bar al vestuario y echar (sin hache, por favor) una mirada a los andariveles como quien consulta a un pitoniso acerca del futuro. Dependiendo de la cantidad de gente, del momento del año, y del propio ánimo la nube electrónica se forma y decide con presteza: nadaré poco, mucho, no nadaré. Otro ejemplo? La autoevaluación en el espejo del auto durante la pausa del semáforo, y la respuesta: se es cretino, vale la pena vivir, todo es un gran fracaso. Así funcionan las cosas.

Esta vez es un mediodía de Otoño y el clima esboza su propia autoayuda vital: treinta grados, lluvia o granizo, con diferencia de minutos. Imagino que hay poco tiempo para nadar hasta la próxima lluvia, entonces esta vez la cruzada absurda es nadar pensando en nada. No hay nadie, no hay ataduras, y contra lo esperado los pensamientos fluyen solos haciendo perder la cuenta de los largos. Las vacaciones ya pasaron. Los clientes no contestan las llamadas, envueltos en sus propias nubes electrónicas. Estudiantes de la Plata siempre formó grandes centrodelanteros exceptuando al Tano Piersimone y al Potro Fúriga. Por qué me enoja tanto este pais con más restricciones que Cuba. Es bueno el libro de Junot Díaz. Nunca pude escribir esa ficción sobre vikingos que navegan gracias a la rodocrosita el Espato de Islandia. Por qué me enoja tanto todo.

Si uno contemplara a ese tipo que soy yo, nadando, desde Neptuno digamos, y tuviera acceso a esa nube electrónica, tal vez saldría -en un output extraño, de un mecanismo sencillo y casi biológico- la solución a sus problemas. Y el problema no sería tal. Y la angustia -los "red means" de Holly Golightly en "Breakfast in Tiffany´s"- no tendría sentido. Uno podría ser capaz de fluir por la vida con la facilidad de un nadador en la pileta, indiferente a vaivenes ajenos.

Allí es cuando se desata la lluvia, y las gotas pesadas primero y el granizo después hienden la superficie del agua como los tiros en los quince minutos iniciales de "Saving Private Ryan". Y es cuando el guardavidas te espera al final del andarivel para anunciarte que todo terminó, que hay relámpagos, que hay que salir de la pileta.

Thursday, December 29, 2011

Como ancla

Una mano hiende el agua en el camino de cincuenta metros y deja estela. Se hunde, captura una porción mínima del elemento, y deja la restante masa inmóvil de la pileta fría en Palermo, en la tarde de Diciembre, antes de la virazón. Esto sucede en un segundo. El hombre piensa entre brazada y brazada: intuye quién va delante, quién atrás, intercala sucesos del día como cuerpos en el andarivel, sopesa amenazas de carriles cercanos, pierde la cuenta de los largos nadados. El reloj del extremo de la pileta le devuelve cierto registro del esfuerzo. Es tan duro nadar cuando ya no se puede correr. Más aún cuando no se es –para nada- un buen nadador. El viento lamina la superficie del agua, dejando un registro único e irreversible.

El cuerpo sigue al esfuerzo de la mano, se adelanta el brazo contrario, la patada trata de ser armónica. Cada tres brazadas asoma la cabeza, ya a un lado, ya al otro, buscando el aire necesario para propulsar el movimiento. Sopla el viento y las hojas llegan al borde de la pileta; de pronto lo pasa un gordo de sunga verde y lo golpea, brindándole una razón para ser un mejor oponente e intentar nadar más rápido.

La tranquilidad abandona el nado cuando se acumulan los nadadores en el andarivel. Eso, y las diferencias de velocidades. Un nadador rápido puede ir tres o cuatro veces más rápido que un nadador lento. Los encuentros indeseables con gordos de sunga verde no son infrecuentes. Nadie lo hubiera supuesto, pero la natación es un deporte de contacto.

En los pensamientos del hombre hay espacio para algo más que coordinar la brazada con el pie contrario. El año se va despacio –tanto como su avance por la pileta, el borde que da al norte aún lejano- y él sigue igual. Le cuesta afrontar su nueva rutina de piletas, su cambio de deporte impensado, se siente un ancla obligada a avanzar por causa de algún designio inasible.

La mano sopesa la cantidad de agua. Le maravilla la percepción transmitida por la vibración del agua –poco difiere su cuerpo del líquido circundante-, su universo en ese instante-. Ese radar le advierte la presencia de algún nadador cercano, próximo al choque embarazoso. Llega al borde. Se dice, descanso un largo de pecho, y allí va, hacia el sur, portador de su propia imagen borrosa para quien pudiera verlo. En pecho le es más fácil abandonarse a sus pensamientos, de nuevo existe el riesgo de perder la cuenta de los largos.

En pecho demora veinticuatro patadas en llegar al otro borde, lo sabe. Alguna vez la profesora le ha dicho que es raro que tenga tantos problemas con el crawl, cuando en pecho hace todo bien. La mala elongación? El aprendizaje de grande? No se engaña, no se miente en la estúpida expectación de sí mismo y de sus miserias. En pecho puede mirar hacia adelante: ve las ondas que forma el viento en la lápida del agua.

Ya llega al borde sur. Del otro lado del vidrio se ven algunos paseantes que van del bar al vestuario. Queda poca gente –es lunes, es tarde, está por llover-. Le quedan unos largos más. Se duchará y volverá a su casa. Los chicos están un poco más grandes, no lo extrañarán como antes.

Queda el crawl ahora, todo lo que pueda. Acelera el ritmo y siente su propio corazón. Cava más hondo en la estructura líquida, imagina su brazo avanzando paralelo y patea apenas, corrigiendo imperfecciones. Por unos instantes le parece que lo logra, que yendo más rápido hay más armonía, que horada finalmente el entramado del agua como quien devela un secreto. En ese instante siente que proyecta una huella piadosa hacia delante, allanándole el camino, pero no. A mitad de pileta debe bajar el ritmo, se fatiga, se hunde un poco recuperando la propia identidad, la del ancla que reclama para sí el fondo. Será algo en la carne o en el alma, un estigma, la densidad de todo cuanto lo preocupa? Ahora asoma la cabeza cada dos brazadas, siempre del lado derecho, restañando el antiguo ritmo, el que mal aprendió de chico. Así llegará de nuevo al borde norte, adonde empieza la presunta calma de volver a nadar pecho.

Friday, May 20, 2011

La batalla de Jamiroquai


-Dale, dale, dale pibe. Sos socio? Entrá, dale.

El club está sospechosamente activo para esa hora, pero yo iba precavido y dejé el auto lejos. "El security se puso heavy": recordé la canción, mientras los de seguridad dejaban entrar socios al club y un camión con remolque amenazaba la pintura de los autos que se habían puesto demasiado cerca del operativo del Quilmes Rock. Hoy tocaba Jamiroquai y me interesaba estar presente en ese limbo de socios yendo un ratito y artistas que no pueden demorar el ensayo.

Debajo de esa niebla de finales de Mayo en el estadio arruinado por los sucesivos shows el siguiente inventario, casi al unísono: unos cuatro operarios de Fenix producciones fumándose un porrito, mientras a diez metros dos viejos en slip raído caminando hacia la revisación de la pileta, situada al borde del escenario. Cerca del bar, dos plomos VIP de Jamiroquai se quejaban en un dudoso inglés acerca de la inexistencia de Wi-Fi, y casi colisionan con socios nada VIP de GEBA que buscaban un lugar donde hacer la clase de yoga.

Luego de unos largos absolutamente terapéuticos en la pileta olímpica -milagrosamente ignorada por los recitales- salí a ver qué pasaba en la prueba de sonido. Para mi sorpresa, nadie me molestó mientras sacaba fotos. Al irme, vi algunos músicos apuntando sus iPhone hacia los viejos de slips raídos, que se iban caminando con el carnet al día hacia la zona de piletas.

-Ah pibe. Ya te vas? Te quedaba media hora, te quedaba.

Wednesday, January 19, 2011

Deslizamientos


De este lado de la vida bien al Sur, las noches son más frescas en Enero. Al menos lo son más que ese horno que era esto hace un mes, un fragor que le impedía a uno resetearse durante las noches. Buenos Aires queda con la mitad de su gente, y más allá de la calma del jardín, hay modos para deslizarse hacia el sueño con naturalidad. Puede ser que uno se quede mirando el Abierto de Australia, esa extraña expectativa de mediodías abochornantes en plena madrugada, donde se es estúpidamente feliz mientras el tenista pueda pasar a segunda o tercera ronda, a eso de las dos de la mañana. O se puede disfrutar página a página de "El Barón Rampante" de Italo Calvino, y descubrir que "las empresas que se basan en una tenacidad interior deben ser mudas y oscuras; a poco que uno las declare, o se gloríe de ellas, todo parece fatuo, sin sentido, e incluso mezquino".

Será por eso, por lo que dice Calvino, que nunca pude creer en las declamaciones de políticos ni de grandes directores de Marketing? El protagonista de su libro es Cósimo, un niño que juró vivir toda su vida arriba de los árboles, y cumple. Estas son decisiones del arte, mayúsculas, de contexto; en la Naturaleza hay también deslizamientos funestos, como los de Río de Janeiro. Puede uno atisbar -en la misma noche tibia- que el mismo efecto sucede en el contexto pequeño de la familia y los amigos. Se inclinan los pareceres, cambian las prioridades, y no hay lodo ni árbol arrastrado que lo atestigüe.

Sigue Calvino, describiendo el caracter irresoluto del Caballero Abogado: "Jamás se oponía a la voluntad ajena, pero pronto se desinteresaba del trabajo y lo abandonaba (...) Mandaba empezar a cavar en un sitio, luego en otro, después interrumpir, y volvía a tomar medidas. Llegaba la noche lo suspendía todo. Era difícil que a la mañana siguiente decidiera reanudar el trabajo en aquel punto. No había forma de encontrarlo durante una semana." Y culmina: "Cósimo llevó a cuestas la imagen del Caballero Abogado como advertencia de en qué puede convertirse el hombre que separa su suerte de los demás".

Un conocido algo remoto me grita hoy desde la escalera del club: "qué te pasa Daniel, que vas tan pensativo". Me pasa el mundo, pensé. Cómo estar de otro modo? E inmediatamente uno esgrime una sonrisa para protegerse de la ironía. Pero los ojos no sonríen, no; y uno sigue subiendo la escalera. Y entonces seguimos en otro año, subiendo la otra escalera, con jardín, con Nalbandian y Del Potro en segunda ronda, a mitad de un libro, y con la impresión de que ese cosquilleo ante los deslizamientos ajenos -de la tierra, de las personas, del mundo- van haciendo mella. Tal vez la única forma de hacerse inmune a los deslizamientos ajenos sea la soledad irresoluta del Caballero Abogado.

Sunday, May 10, 2009

Alonso en el cielo de los corredores

Mientras elongábamos en la pista o en el gimnasio, Alonso nos contaba historias casi cronopianas sobre cómo era correr hace 50 o 60 años en Buenos Aires. No había Lugones, se llegaba al río cruzando una vía y un estero, Figueroa Alcorta era apenas un surco apenas transitado. La gente les gritaba cosas, correr era cosa de elites en decadencia o de gente "con problemas".

Me lo cruzaba en GEBA cada tanto, y siempre tenía una palabra amable. Sabía gastarme con altura, miraba cada año los resultados de las carreras de fondo y me "pinchaba" para que por fin bajara las 3h30 del marathon. Me decía "pibe, vos sos joven" y me tiraba que a los 57 años había clavado 3h24 en el marathon. De todas esas conversaciones surgió que atesoraba una caja de recuerdos; con cierta ingenuidad yo quería escribir algo sobre sus anécdotas alucinantes. Él me miraba muy relajado, como a cien años luz de mis inquietudes, y me decía "después nos tomamos un café". Los últimos años yo lo gastaba, a mi vez, por este café demorado. Creo que él se sentía eterno en la medida en que no entregara la totalidad de sus recuerdos, como alargando su cuerda vital. Él me ganó esta carrera.

Ayer Alonso murió y yo hoy estoy muy triste. Seguro que él tuvo amigos más cercanos que yo, y que hay gente con certezas más sólidas que las mías. No tengo muy claro cómo es cruzar la meta hacia la muerte; no sé de medallas ni de premios, me pregunto si se recibe un Gatorade celestial o más bien te quedás mirando qué tal están las corredoras que vienen llegando. Pero en tanto, prefiero suponer que de algún modo Alonso trota aún por Palermo y nos acompaña, todas y cada una de las veces que corremos para olvidar que hay una muerte esperando.

Monday, June 16, 2008

En memoria de Marcelo

Así, en rápida enumeración, recuerdo que Marcelo tenía exactamente diez años más que yo, y era pelado pero de un modo prolijo. Sus buenas facciones hacían juego con el don de ser gentil con los chicos pero sin ponerles pilas extras. Se podía tomar un café con él en la barra del Newbery y hablar acerca de libros, películas, socios decadentes o chapitas, con la vaga neutralidad que permite una amistad distante: uno siempre podía ser uno. Recuerdo que Marcelo solía quejarse con cierto humor del estudio de arquitectura donde trabajaba; no le pagaban mucho, pero continuaba allí por su cercania al club. Llegaba en bicicleta o en el 34, pues le habían robado en su momento su discreto Taunus verde.

Lo conocimos en la añeja Gimnasia Danesa del central, pero la amistad se trasplantó al Newbery sin esfuerzo. Lo veíamos en complemento o en la pileta, en verano. Hace unos tres años, al ver que estaba desaparecido, le envié dos o tres mails a su casilla de Hotmail, pero nunca hubo respuesta. La búsqueda en Google fue igualmente en vano. Luego, probablemente me olvidé, o lo juzgué como otro socio que buscaba un cambio de aires. En virtud de la discreción de la amistad no pregunté mucho.

Hace un par de años me encontré con Larry -otro habitué del gimnasio-. Se abrió la puerta de una casa en venta en la calle Aguirre, y para mi sorpresa él era el vendedor. La casa estaba contrahecha y era cara, en seguida quedó fuera de tema. Hacia el final de la visita Larry me dijo "pero vos sabés lo que pasó con Marcelo, no?". Y ahí supe. Hoy, leyendo un post muy lindo de Charlotte, lo recordé y sigo sin poder creer que él ya no esté. Casi me alegro de no haber recibido respuesta alguna de su Hotmail.

Monday, June 02, 2008

Y todos tienen esas camionetas grandes

-Tito, viste cómo viven en China?
-...?

El vestuario del primer piso era testigo del diálogo entre el bueno de Martín –cuidador, sabedor de todo, recolector de candados y secretos, y gran tifón paranoiqueante de noticias- y Tito, socio en desnudez. pero también víctima de las últimas noticias de Martín.

-Me lo contó Marcelo, el que se cambia acá, que llegó recién de ChenSén o YenSén, o algo así. Mirá que Argentina tiene sus problemas, pero yo esto no lo cambio por nada. Parece que viven en cuevas pero tienen todos tienen esas camionetas grandes como la de Tinelli viste, que te pasan por arriba. Cómo se llaman, Jumer o Jámer, no sé, bueno, esas grandes. Ah, y los que no, tienen BMW y Mercedes, pero todos negros. No compran otro color los chinos, jah.

Tito escuchaba inmóvil, sosteniendo la toalla en una mano y el jabón en la otra, sin más argumentos que su desnudez para salir corriendo hacia la ducha ni bien pudiera.

-...además no ven el cielo porque está todo contaminado. Claro, son ciudades más chicas que Buenos Aires pero todas tienen 4 o 5 millones de personas. De chinos, claro. Y Marcelo dice que estuvo cuando pasó el terremoto, y que se murió mucha más gente, pero no lo quieren reconocer. Sabés por qué?

Tito desplazó su peso de un pie a otro, y aún mudo, levantó apenas el mentón inquiriendo, como quien enfrenta el pelotón de fusilamiento.

-Porque el gobierno cuida la imagen hasta las Olimpíadas, pero después... se pudre todo! Mirá vos, la Chila milenaria... son todos unos hijos de puta, allá.

Friday, March 14, 2008

El espejo y los gestos

En el fondo del reloj aguarda la muerte, decía Cortazar. Y en el fondo del vestuario del Club está el espejo rajado, que me hace pensar en el paso del tiempo. Porque tengo mi locker allí hace años, porque allí aprecio como va cambiando un grupo estable de gente a lo largo de los años, o por cuestiones de vana pertenencia.

Hay una idea muy buena de Kundera: ciertos gestos que se van perdiendo con los años. El gesto de proteger la llama de la vela del viento, algunas clases de saludos, o algo tan personal como mi gesto de acomodarme los anteojos –sin sentido al dejar los lentes tras la operación de la vista-. Qué hacen los que se mesaban los cabellos cuando se quedan calvos?

Sumo miembro a miembro ambos párrafos. Hace treinta años los hombres no se estrechaban la mano. Pasó el tiempo, y ahora el beso masculino es la norma, en todos lados -aún en ambiente de empresa, para escándalo de nuestros HLA-. Creo que el péndulo está empezando a ir para el otro lado. Esta semana vi a grupos de chico en rugby y en natación estrechándose la mano, con la misma pretendida seriedad que nosotros en los setenta. Y hoy, junto al espejo de la foto, vi una escena similar entre chicos de catorce. Los besos entre hombres son otro gesto que se está perdiendo, que se está yendo al otro lado del espejo.

Monday, March 10, 2008

Otoño

El sol ilumina la pileta olímpica de Newbery. El observador a lo Rock Taylor en la máquina del tiempo vería algunos cambios notorios cada seis meses: de Abril a Noviembre hay un gran techo inflable –los más entusiastas lo llaman Globo- que cubre con éxito los 50 metros y los seis andariveles. En los días de semana, salvo que entrene el Equipo, casi no hay gente. En la película rápida Rock apreciaría que el apogeo del club ya pasó y sólo quedan años de decadencia.

Durante los meses fríos hay un sistema complejo de calefacción que permite nadar con algo más de cero grados y contemplar desde el agua algo del mundo exterior. Imaginemos Palermo diez mil años antes de Cristo, con estalactitas, estalagmitas y algún mamuth rondando el Rosedal: eso es lo que se siente. Pero los viejos del Club son animales de sangre fría que se sobreponen, y dada la existencia del carnet de vitalicio, medran en el lugar. Se mueven con slips raídos como augustos camalotes por los andariveles del centro, supuestamente destinados para nadadores rápidos. Quedan inaugurados nuevos estilos de espalda con braceo doble –golpeando eventuales nadadores incautos, a ambos lados, que detienen su nado para contemplar el camalote agresor-. Desde fuera, los jóvenes miran con extrañeza el espectáculo. Esto, desde la galería que da a Paleta, munidos de convenientes cafés cortados.

En el resto del año los viejos subsisten, sí, hasta que mueren; pero si el andarivel está más o menos vacío queda el consuelo siguiente: nadar sin el Globo en atardeceres cálidos, la brisa rozando la cadencia del brazo que hiende las aguas, la mirada fija a través de las antiparras que busca el contorno rojo del disco que cae en el Oeste. Todo esto disuelve las penas. Y se sabe, el Otoño comienza cuando el sol golpea el andarivel Uno al mediodía y la pileta ya está casi en sombras, aguardando su destino. Entonces algo enciende el Otoño, y se queman las hojas esperando la Pascua, y afuera sigue el mundo, ya sin mamuths pero con estúpidos mails y stress.

Tuesday, January 08, 2008

Febrero de 2010 - La batalla de los Viejos (V)

-Los que quieren entrar, por acá. Y los que quieren salir, por acá.
El idiota de turno de la entrada pretendía que ambos bandos mantuvieran el orden en su encontrazo. Cualquiera sabe que las peleas no saben de orden: ocurren justamente cuando la gente se harta de ese mismo orden. Los dos grupos pasaron prestamente por encima del guardián de la entrada, como dos colores que se fusionan, desde afuera la turba celeste-macrista de los ex Guardias Urbanos -los ahora Gordos Cyan-, y por el otro los viejos tostados hasta el cáncer, con slips en furioso rojo, a lo Tim Burton. Se midieron por unos segundos, y aquellos que se sentían más observados -no necesariamente los más valientes- comenzaron la pelea. Los viejos arrojaban camastros y reposeras desde la improvisada trinchera de la caseta de los guardias; los Gordos Cyan cargaban con bastones. Los socios contemplaban, y de vez en cuando, sacaban fotos. Las viejas que jugando Burako intentaron filmar con una cámara VCR del '92 que había quedado sin batería. Alguna se volvían, desalentadas, hacia la clase de elongación que estaba por comenzar o hacia el juego de Scrabel en la pileta, pautado para las 17:30.
Las escaramuzas eran lentas, y espaciadas. Los colores no se fusionaban del todo. Para cuando llegaron la prensa y los Amigos del Lago -un poco para hacer bardo, otro poco para ganar unos metros del terreno ante futuros juicios- había heridos de ambas partes, y algunos viejos se acercaban con cerveza para calmar los ánimos. Los reporteros emitían en directo intentando la consonancia de efectos: gente con aspecto presentable ante las cámaras y viejos que no hicieran gestos obscenos por detrás. En el fondo, era imposible: los viejos se cagaban de risa y pedorreaban ante cualquier circunstancia. Los reporteros meneaban la cabeza, disgustados: -Con estos viejos no se puede laburar.

Tuesday, October 30, 2007

Febrero de 2010 - La batalla de los Viejos (IV)

Uno se da cuenta que algo serio ocurre cuando ve la misma conversación nimia resbalando por grupos antagónicos. Mientras terminaba de elongar en la pista podía ver, a lo lejos, un grupo de viejos tirados en los camastros -los slips raídos, las remeras de hace décadas- señalando la puerta de entrada. Al caminar hacia el bar, con la paz del después de las corridas, me ocurrió lo mismo con unas viejas jugando Burako bajo un níspero. "Vienen las brigadas, vienen las brigadas!" decían agitadas, mientras falsificaban palabras triplicando puntos.

Pasé cerca del bar para ver de lejos qué ocurría. A mi izquierda apenas si registro la paradoja del cartel "Mens Sana in Corpore Sano" en el vestuario de socias, en una fachada de ínfulas atenienses. En frente, a unos cincuenta metros y en la entrada, pugna por entrar un grupo de Gordos Cyan, consolidado desde hace un par de años como la fuerza de choque macrista. La vigilancia no sabe muy bien que hacer, y mientras tanto algunos viejos dejan las canchas de tenis y también se acercan. Empiezan a gritar: "Esto Cristina no lo permite", y hacen gestos obscenos.

Entonces la conversación nimia ya está en mi interior, en la antesala de mí mismo; esto demorará la ducha, me digo, y voy hacia la puerta sin tapujos, a ver qué pasa. Al avanzar queda a mi izquierda otro grupo de viejas tomando sol afuera de la pileta, todas de pie y de espaldas, tostando sus caderas augustas mientras cogotean de costado. Finalmente los Gordos Cyan logran entrar y comienza la pelea.

Wednesday, September 26, 2007

Febrero de 2010 - La Batalla de los Viejos (III)

En mi vaguedad de cuarenta y tantos yo no sabía realmente de qué lado estaba. Por un lado seguía sintiéndome joven, marathones mediante; por otro, me sabía un vitalicio en ciernes. Jugaba con la idea de la decadencia como si fuera decididamente ajena.

Contemplaba lo que ocurría en el club con una serenidad mediocre: me gustaba ver la soledad de la pista de atletismo mientras elongaba, escuchando los pajaritos y los trenes al pasar. Disfrutaba de la enorme contradicción de sentirme en el centro de Palermo, inmune al ruido y a la especulación inmobiliaria. Jugaba a pensar que de morirme, querría que se arrojaran mis cenizas a la pista de atletismo; era un idiota, soy un idiota, pero eso nos pasa a todos.

Y así estaba justamente el día en que todo ocurrió. Pensando en cuántos años ya de repetir el ritual de estirar las piernas sobre la baranda de la pista, de despintar los barrotes al estirar gemelos, de lo bien que me sentía tras correr diez kilómetros a un paso cansino. Los viejos y las viejas sólo pasaban por la pista como paso obligado a las canchas de tenis del fondo. Uno los veía dirigirse allí con sus ropas raídas, y allí fue cuando escuché que estaban llegando las Brigadas de Macri.
Continuará

Sunday, September 23, 2007

Febrero de 2010 - La batalla de los Viejos (II)

En efecto, había un grupo disidente de Viejas que en realidad regenteaba la sede Jorge Newbery con impunidad. Invadían el bar para jugar a las cartas y al Burako con manteles rojos; evitaban con cuidado cualquier consumición y despachaban con un gesto al incauto mozo que se acercara a ofrecerles un cafe.

En sus intentos deportivos vestían con singular ridiculez, llamando la atención con mallas chillonas y fuera de época. En la pileta bloqueaban los andariveles rápidos con nados en estilo pecho, en el gimnasio reservaban media hora antes su zona favorita. Sabían fraguar carnets de todo tipo, y reservaban camastros de a pares para tomar sol con minuciosidad, a pesar de las dermis laceradas por el cáncer.

Su conducta social era pareja: criticaban y bufaban al ocasional paseante, y a cualquiera que se atreviera a pasar cerca con niños. No hablaré de sus juanetes, de sus vicios al hablar y de sus frases repetidas; basta decir que estas viejas parcas eran la némesis perfecta de sus esposos.

Continuará

Friday, September 21, 2007

Febrero de 2010 - La batalla de las Viejos

El cartel anuncia con quietud: "No ocupar los camastros con pertenencias". Alrededor se escucha la chicarra avisando que es verano. Bajo el cartel medran los bolsos con raquetas y demás enseres de socios encima de las reposeras. Poco caso se hace de la consigna: los viejos están en la penumbra de la cancha de paleta, planeando un asado, o simplemente tirados a la sombra. Algunos están mirando en la televisión del bar la Batalla de Gualeguaychú, que parece en su apogeo. "Lo importantes es ocupar el camastro temprano" te dicen, torciendo con porteñez la sonrisas desdentadas y gastando cáncer de piel. Y se alejan con sus rengueras de adictos al deporte.
El club está virtualmente tomado por los viejos. En el 2008 se votó en contra una resolución para que los socios vitalicios pagaran; a partir de entonces, los jóvenes decidieron irse -algunos, literalmente a la guerra- y otros simplemente abandonaron el Club y recurrieron a la Justicia. Dos años de litigio contra los Amigos del Lago y se dice que hoy, 10 de Febrero, vendrán las Fuerzas de Macri a tomar el club para edificar la Torre Newbery donde hoy está la pista de Atletismo.

Los viejos hacen poco caso: juegan de a seis en la cancha de tenis, lavan su ropa en el piso de la ducha, se pasean en cueros y van a la pileta con en sungas rojas y caídas. Ya ni tienen que pelear por las parrillas; el club es de ellos, hasta la muerte, y lo saben. O casi: intuyen que, en realidad, el club es de las viejas.
Continuará