Monday, May 19, 2008

Escila y Florida

Hay una analogía algo trillada: es la que se establece entre la vida personal a través de los años, y el pasaje dificultosos por caminos más o menos arriesgados. El peligro de muerte ante enemigos o los azares de un viaje –que alimenta los viejos clásicos y en particular al cine- se parece a la posibilidad de destinos adversos, aún en vidas más o menos tranquilas. La duda de Ulises frente al doble peligro de Escila y Caribdis es épica e inspira metáforas, pero el hombre común y argento no regresa de Troya hacia Itaca, sino que camina por el microcentro porteño para darse de baja en American Express. Y allí se topa con la calle Florida.

Ahí voy yo deslizándome entre una muchedumbre que parece caminar siempre en sentido opuesto, y para la cual los semáforos dejan de existir. Los autos vacilan y quedan en medio: eso provoca el enojo de la misma gente, ya enardecida de antemano por otros obstáculos interpuestos -quioscos de diarios, vendedores de cuero, cambistas, mutilados, estatuas vivientes y falsos ministros-. El ruido es atronador: toda la gente habla, entre sí, o con su celular, en diferentes lenguas mayormente berretas. Los derviches de la nueva religión ofrecen dólares baratos, camperas de cuero, préstamos a sola firma o celulares, sin distinción. Los mendigos dan doble pena, la de siempre y la adicional por implorar en ese medio hostil. Un vendedor arroja al aire un jueguecito espantoso que hace un dyshhhhhh al subir. Asumo que un depredador del cretácico bramaría de un modo más amistoso.

Algún preclaro intendente la hizo peatonal hace cuarenta años y el principio estuvo bien -Harrods, la vieja y oscura Galería Pacífico de una planta, el Florida Garden y el Richmond-. Luego, arreció la fealdad y se convirtió en un no-lugar repleto de oportunistas. Ningún turista medianamente avisado debería pasear por la calle Florida, nadie debería comprar cueros alli, ningún dólar que se encuentre es verdadero: hemos logrado reunir a los peligros de Escila y a la fealdad de Caribdis en una sola calle.

Por suerte, son sólo diez cuadras, y la belleza de la Plaza San Martín provoca el olvido.

Thursday, May 15, 2008

Tuesday, May 13, 2008

Mutuas extrañezas

“... y asi, en entornos concurridos como pasillos de subtes o fiestas populares, es frecuente que dos personas crean reconocerse y luego –a veces con desazón- caigan en la cuenta de que todo no ha sido más que un error semejante a las Incertezas de la física cuántica.

Así, la persona A cree reconocer a B por unos instantes. En la mirada de A surge el indicio de extrañeza y la esperanza de ser reconocido: esto se manifiesta con un arqueo de cejas, una expresión más abierta, quizás hasta con un gesto con la mano. En medio de la muchedumbre, lo que B observa es un completo desconocido que realiza gestos alarmantes; lo más probable es que B se inquiete y esquive el contacto, para desconsuelo y vergüenza de A.

Pero a veces ocurre que B cree ver en A otro conocido, llamémosle A', y hasta sobrevenga una charla entre ambos. Allí A se dará cuenta de que B no es más que un B' cualquiera, y no el B originalmente reconocido. Tanto aquí como en la primera alternativa, la desolación de A es considerable. Aún más perturbador es sospechar que A' y B' sí se conocen, y que generan un campo atractor de mutua extrañeza en A y B.

Todo esto explica por qué la gente opte por no reconocerse.”

("Heisenberg, y los campos de extrañeza", Pablo Lugüercio, 1971)

Tuesday, May 06, 2008

Feria del Libro de 2002

Miro mi billetera y tengo un verde, pero de cinco pesos. Es domingo y la crisis que se precie de tal merece continuar en otoño. Vuelvo en la bici del club mientras pienso eso, caen hojas amarillas en la avenida Sarmiento –sabrá Sarmiento, querrá renunciar también, será que no lo dejan- y fluyen cientos de autos quién sabe adónde; qué es esto, de veras hay Feria del Libro?

Freno ante la columna. Como cada año, la gente acude en tropel y se siente perfectamente culta en la Feria, como quien pretende excomulgarse de un año de televisión. Tal vez –meditan las masas en sus vehículos-, todo se trata de frotarse con una emulsión para curarse una dermatitis. Sigo la analogía, la Feria del Libro es un dermaglós que cura un eczema cerebral, una crema eficaz para superficies del hipotálamo –pero dámela con receta, tengo un 60%, dame una entrada gratis, pero ah los libros son tan caros, mirá JarriPoter, entonces para qué, ni patis había en la Feria, vámono gorda, vámono al Rosedal que está fenomeno-.

Esquivo la columna yendo a contramano: es la manera más civilizada que tengo de andar en bici por Sarmiento. Sólo debo esquivar otro tipo de bestias, los caballos en sus mateos (sabrá Mateo, recaudador de impuestos, habrias abjurado de proponer su nombre para esos carros de escaso folklorismo). La bosta equina se yergue adusta en montículos precisos; de algún modo esto me autoriza a tomar en contramano la calzada circular y bajar por Santa Fé. Me admiro de la nueva arquitectura bancaria, con su estética de persianas bajas que hacen más inútiles los Banelco, presas del metal. Llamen al arquitecto pero para qué, si debe estar en la Feria del Libro.

Sigo hasta el microcentro un rato después, ya habiendo dejado la bici y agarrado el auto. El tránsito hasta Nueve de Julio es fluído, y el microcentro está lleno de peregrinos bancarios. Siete cajeros inútiles en el Boston Central al unísono desafian todas las leyes probabilísticas, aduciendo un único cartel "cajeros con problemas". Me digo que debería buscarme un cartel semejante para mi persona, y le digo algo al vigilante, algo que pretende ser una ironía, pero ya no estamos ni para registrar variaciones. El tipo esperaba una puteada y se alza de hombros. En las paredes del microcentro desierto sobrevivien dos propagandas que me apresuro a anotar: "Bansud: viva el presente con nosotros" y "Citibank: donde el dinero toma vida". Sumo ambas frases miembro a miembro y me da "Libres pero en bolas". Me gusta más, en recuerdo de un estilo orgulloso, perdedor y radical.

Me estoy por quedar sin nafta y soy un elegido pues a) Hay nafta, b) Aceptan tarjetas. Miro con fruición la tarjeta de débito de mi vieja y quisiera transformarme en Savio María para poder usarla, o al menos parecer una vieja de setenta por algunos minutos. Vacilo ante explicaciones varias: "en realidad me llamo Carlos María Savio, pero claro, esta gente de las tarjetas, usted sabe". Al ritmo de la crisis tal vez logre parecerme a una vieja, y no haga falta más.

Sigo con cinco pesos.

Dos días después, camino por el microcentro con Sylvie y Daniel. Nos abalanzamos sobre un cajero despoblado de gente y de letreros adversos. Al momento, se forma una cola atrás nuestro. "Y, da pesos o no da pesos?" Nos preguntan. Nosotros les hacemos hombritos, inmunes o temerosos a cualquier contacto con seres del Planeta Microcentro. Un instante después, se descifra la trama celeste. Mi saldo es de 4.20$, y todo mi esfuerzo del fin de semana por conseguir algún cajero útil no es más que una farsa, igual que lo que ocurre en el país, igual que la Feria del Libro, pero con un viso (Visa) mayor de realidad. Mientras tanto mi gerente se enoja, Remes Lenicov renuncia y yo quiero mi capita de Harry Potter para desaparecer.

(Abril de 2002, de la serie "El país y los estas(h)idos)

Sunday, May 04, 2008

El hermano de Meteoro

El hermano de Meteoro vive en un coqueto duplex de Colegiales, posee un auto importado que vacila en dejar en la puerta de su cosa –se sabe que en Buenos Aires ya no hay cocheras y sí hay ladrones-. El hemano citado convivía con una novia pequeña, llamativa y silenciosa, en ese orden riguroso. Notemos que el uso del pretérito imperfecto en el verbo convivir sugiere cambios.

En el presunto apogeo de la primera madurez sin hijos, y en la apariencia pelatus in extremis del sujeto –lo veo y creo verlo a Wainraich- subyacía una cierta modernidad, manifestada principalmente en la música dance que se escuchaba a todo lo que da los domingos a la mañana. Pero no mucho más. Nada de deportes, amigos que frecuentasen, o saludos con sus vecinos. Sólo encuentros circunstanciales con él a propósito de indeseables, valor de las expensas, búsqueda de garage o fenómenos atmosféricos. Las trivialidades nos condenan y nos hermanan a la vez.

Ocurrió que la chica desapareció hace cosa de un mes. Los hechos señalan que desde entonces el hermano de Meteoro le pregunta a sus vecinos sobre los ruidos de la bomba de agua, ya no se escucha música al regresar de la disco, y se ve su auto tirado en la puerta del duplex. La tesis pacata es que el amor pone sensible a la gente. Mi sensación es que al cruzar una frontera como la del abandono, ciertos individuos pueden rescatar alguna sensibilidad y encontrar matices donde antes no los había. Todas estas conjeturas absurdas se derrumbarán cuando la chica retorne, yo me la cruce, y le diga, solemne, “nena, me cagaste el post”.

Monday, April 21, 2008

Ashes to ashes

Se ha hablado de gestos del pasado, y de objetos desaparecidos. El episodio del humo sobre Buenos Aires provocó el retorno de un olor olvidado, y es el de los viejos quemadores que la municipalidad obligó a retirar de los edificios hace más o menos un cuarto de siglo.

En cada piso de los edificios “modernos” del Buenos Aires setentista habia una falsa puerta que ocultaba un pequeño conducto a los avernos. Era un espacio pequeño –menos de un metro cuadrado- donde los propietarios arrojaban su basura tras abrir una tapa metálica vertical de unos veinte centimetros de lado. Tirando de una manija se abría esta puerta trampa, por la que apenas pasaban las bolsas de basura. Al hacerlo surgía un olor muy semejante al de estos días; las mentes infantiles y alarmadas confundían esto con sitios infernales. Recuerdo que al arrojar las bolsas de residuos a esos pozos, era posible escuchar el paff lejano unos cuantos segundos después, en función de la altura del piso. No había evidencia de Infiernos, sino más bien de que las leyes de la cinemática se cumplen a rajatabla.

De chico no lo sabía, pero miles de avernos semejantes estaban conectados al exterior por chimeneas que asomban en las terrazas. En la práctica, esto significaba un géiser perpetuo de hollín que ennegrecía la ropa de quienes se animaban a tenderla en la terraza. Era una época rara: la gente tomaba sol hasta carbonizarse, no existía la protección solar, y probablemente no había blanqueadores ni secarropas. Imagino que entonces, en la ciudad, habría un olor semejante al de estos días. Entonces era algo común; estos días, Crónica lo señaló como el Apocalipsis.

La cruzada absurda del gobierno sería simular más incendios, atribuirlos a la gente del Campo, y ponerse a cantar a lo David Bowie:

“Ashes to ashes, funk to funky /
We know Major Tom’s a junkie”.

Friday, April 11, 2008

Apariciones

Hace un tiempo me refería en este blog acerca de los gestos que se pierden en el tiempo, por cambios en las costumbres o en las condiciones de vida. Dos ejemplos son el gesto de acomodarse los anteojos y la forma en que se guarecía la llama de la vela de eventuales vientos. Podría decirse que hay una desaparición anterior, y es la de los objetos.

Ayer estaba terminando de leer un buen cuento de Kurt Vonnegut acerca de los problemas inmobiliarios y sociales de gente que vive eternamente. En medio del desenlace apareció la palabra de un objeto precioso y perdido: un yunque. La palabra era levemente distinta (“paperweight”) pero mi cabeza fue más susceptible a la imagen del yunque. Doy un rodeo: un paperweight puede ser una bola de cristal –algo bastante feo que medra en los escritorios-, pero el yunque (en estricto inglés, “anvil”) es un objeto hermosoy absolutamente perdido.

El yunque quedó como objeto decorativo en memoria de las viejas herrerías y las fraguas. Como todo parece haber mudado a acerías industriales de modelos replicables, sólo debe haber yunques y fraguas en alguna herreria artesanal.

Podría existir la antítesis, los objetos que surgen de la nada y que generan nuevos gestos a sus poseedores, a su vez susceptibles de ser repetidos por otras personas, seducidos a la vez por las maneras modernas de los dueños de estos objetos. Qué es, sino, la tendencia de los celulares tipo “clamshell” donde se pretende tener poder sobre la comunicación al concluirla con un “clap”. Hay discusión en los foros, hay fans de los clamshell de los otros. Pero los celulares son los objetos de poder de este tiempo, y cada tanto inauguran un gesto.

Pancarta para piquete: “En este blog se defienden los pisapapeles de tipo yunque, los celulares Sony Ericsson de formato tradicional, y la aparición de objetos que inauguren costumbres, sin que esto signifique afectación de sus dueños”.

Tuesday, April 08, 2008

Bioy, el personaje

La figura de Bioy Casares como escritor y personaje crece con los años y se impone por lejos al resto en esa categoría exquisita de “escritor casi sin quererlo, en los ratos libres”. Preguntémonos si hay en estos días un personaje tan ecléctico, y la respuesta es no. Bioy era un bon vivant y un excelente deportista. Se me dirá que siempre tuvo el beneficio de una familia acomodada; tal vez sí, pero hoy en la clase alta argentina medran los personajes fashion y ajenos al talento. Pues si hace un siglo la intelligenzia porteña miraba mesmerizada el ejemplo de Europa, hoy las nuevas elites alumbradas al calor del rugby, la figuración y la Play Station sólo garantizan cierta tosquedad intelectual.

Bioy fue distinto y supo aprovechar las ventajas de su condición. Además fue bendecido en otro sentido. Nunca tuvo la presión odiosa de la página en blanco pues su propia vida le proveía de escenas y de personajes. Los personajes de un cuento ejemplo como Nóumeno, que combina lo fantástico con los diálogos costumbristas, están en su círculo íntimo. Lo mismo con cada uno de los ejemplos de Historias Prodigiosas o Historias Desaforadas, pero dejo las recomendaciones para la abundante referencia en Internet. Es igualmente interesante advertir que las referencias sobre la obra rivalizan en cantidad con las anécdotas sobre el autor.

Prefiero rescatar al personaje. Regidos por la información, en esta década somos todos espectadores. Nuestra definición social de “hacer algo” en el tiempo libre es ir al cine o mirar "Fútbol de Primera". En el trabajo la mitad de la tarea es enviar mails. Si hace quinientos años había conflicto, había que sacar la espada: hoy nuestra migaja de violencia es asistir crispados sobre el monitor a un mail enojoso. En ese contexto es que sobresale aún más la figura del Bioy-hacedor: campeón de tenis, sobresaliente en otros deportes, aficionado a los círculos intelctuales más reservados, y –last but not least- mujeriego incansable. Un día más o menos interesante en la vida de Bioy Casares comenzaba con deporte, seguía con un romance y terminaba en una cena con Borges. Subyace la implicación de que para escribir bien se necesita una vida plena: en ese caso el porvenir de la literatura es francamente negro.

Monday, March 31, 2008

Lost in Trebuchet

Hay momentos en que mi mayor preocupación se refiere a que las planillas y documentos en l0s que estoy trabajando lleven el font Trebuchet. Claro, esta es mi cruzada absurda de Abril: convencer al resto acerca de la necesidad de este cambio de formatos, aunque esto deba avasallar ciertos bastiones corporativos.

Puede ser que cuando el contenido falla atravesemos una pasión repentina acerca de los formatos, y nos embarquemos en ciertas obsesiones estúpidas para preservar a nuestro yo de reales preocupaciones. Puede ser. Pero veamos: la misma palabra "caracter" se refiere tanto al tipo de letra como a la personalidad. Y más: la grafología establece idas y vueltas entre lo que ocurre en nuestra cabeza - nuestra necesidad de que nos entiendan, o no- y la escritura. Y no tanto, porque ahora manda el monitor y no tanto nuestra bonita letra. Y Trebuchet fue catalogado como uno de los diez fonts seguros de la web... porque tiene buena definición en cualquier browser de cualquier PC o Mac.

Todo se complica más si se considera que se llamaba trebuchet a un tipo de catapulta originada en Bizancio y adoptada más tarde por los franceses; y aún más cuando se descubre que el tipo de letra diseñado por Vincent Connare en 1996 responde a una jodita escuchada en los cuarteles de la Microsoft Corporation . La pregunta fue "can you make a trebuchet that could launch a person from main campus to the new consumer campus about a mile away? Mathematically is it possible and how?".

No quiero catapultarme. No aún. Pero cada vez Trebuchet me gusta más.

Friday, March 21, 2008

Cajas chinas

Hay ciertas regiones de mis hijos que me están vedadas, a las que nunca llegaré. Hay otras -como el juego o la lectura- donde aún soy bienvenido. Enumero: construir espirales con autos, o entregarles mis Matchbox, jugar al whist o al TEG, hacer las diez preguntas de La Nación, armar duplas de voley mientras mi espalda resista, son buenos ejemplos de esa frontera que existe entre pasarla bien con los hijos y ser Ned Flanders. El mejor indicador es la risa genuina.

Pero. Cuando mi entrada no está permitida, en cambio, detecto un común denominador. Lo que me enoja de ellos es reconocer precisamente mis defectos transplantados de generación en generación. Me enoja ver mis propias limitaciones en ellos, e intuyo lo que habrán de sufrir. Me sorprendo dándoles consejos de mis viejos, e intuyo cierta responsabilidad de las generaciones pasadas, como si el material genético no hubiese variado un ápice, distribuyendo cuotas partes de bipolaridad e intolerancia a lo largo de eones.

Y así estamos inmersos en las cajas chinas del material genético, que termina venciendo por goleada a todos los intentos de sociabilización. Los veo, me veo a mí y recuerdo a mis padres, todo en el mismo momento. Los cuarenta años tienen eso, la equidistancia. Y así somos tan modernos y tan medievales a la vez, a medias entre los portazos y los msg, unos necesitando correr treinta kilómetros para estar bien, y otros encerrándose en su cuarto.

Friday, March 14, 2008

El espejo y los gestos

En el fondo del reloj aguarda la muerte, decía Cortazar. Y en el fondo del vestuario del Club está el espejo rajado, que me hace pensar en el paso del tiempo. Porque tengo mi locker allí hace años, porque allí aprecio como va cambiando un grupo estable de gente a lo largo de los años, o por cuestiones de vana pertenencia.

Hay una idea muy buena de Kundera: ciertos gestos que se van perdiendo con los años. El gesto de proteger la llama de la vela del viento, algunas clases de saludos, o algo tan personal como mi gesto de acomodarme los anteojos –sin sentido al dejar los lentes tras la operación de la vista-. Qué hacen los que se mesaban los cabellos cuando se quedan calvos?

Sumo miembro a miembro ambos párrafos. Hace treinta años los hombres no se estrechaban la mano. Pasó el tiempo, y ahora el beso masculino es la norma, en todos lados -aún en ambiente de empresa, para escándalo de nuestros HLA-. Creo que el péndulo está empezando a ir para el otro lado. Esta semana vi a grupos de chico en rugby y en natación estrechándose la mano, con la misma pretendida seriedad que nosotros en los setenta. Y hoy, junto al espejo de la foto, vi una escena similar entre chicos de catorce. Los besos entre hombres son otro gesto que se está perdiendo, que se está yendo al otro lado del espejo.

Monday, March 10, 2008

Otoño

El sol ilumina la pileta olímpica de Newbery. El observador a lo Rock Taylor en la máquina del tiempo vería algunos cambios notorios cada seis meses: de Abril a Noviembre hay un gran techo inflable –los más entusiastas lo llaman Globo- que cubre con éxito los 50 metros y los seis andariveles. En los días de semana, salvo que entrene el Equipo, casi no hay gente. En la película rápida Rock apreciaría que el apogeo del club ya pasó y sólo quedan años de decadencia.

Durante los meses fríos hay un sistema complejo de calefacción que permite nadar con algo más de cero grados y contemplar desde el agua algo del mundo exterior. Imaginemos Palermo diez mil años antes de Cristo, con estalactitas, estalagmitas y algún mamuth rondando el Rosedal: eso es lo que se siente. Pero los viejos del Club son animales de sangre fría que se sobreponen, y dada la existencia del carnet de vitalicio, medran en el lugar. Se mueven con slips raídos como augustos camalotes por los andariveles del centro, supuestamente destinados para nadadores rápidos. Quedan inaugurados nuevos estilos de espalda con braceo doble –golpeando eventuales nadadores incautos, a ambos lados, que detienen su nado para contemplar el camalote agresor-. Desde fuera, los jóvenes miran con extrañeza el espectáculo. Esto, desde la galería que da a Paleta, munidos de convenientes cafés cortados.

En el resto del año los viejos subsisten, sí, hasta que mueren; pero si el andarivel está más o menos vacío queda el consuelo siguiente: nadar sin el Globo en atardeceres cálidos, la brisa rozando la cadencia del brazo que hiende las aguas, la mirada fija a través de las antiparras que busca el contorno rojo del disco que cae en el Oeste. Todo esto disuelve las penas. Y se sabe, el Otoño comienza cuando el sol golpea el andarivel Uno al mediodía y la pileta ya está casi en sombras, aguardando su destino. Entonces algo enciende el Otoño, y se queman las hojas esperando la Pascua, y afuera sigue el mundo, ya sin mamuths pero con estúpidos mails y stress.

Friday, March 07, 2008

Vincent

Desde hace unos doce años lo conozco. En mi cabeza él es Vincent, por su evidente parecido con Vincent Price. Su quintita laboral es desde entonces oscura, retorcida y tortuosa, en resonancia con la Casa Usher. Solía ausentarse de las reuniones sin motivo alguno, y lo imaginaba enterrado vivo, a lo “Tonel de Amontillado”. Sus vaticinios eran funestos, muy a lo “El Cuervo Negro”. No puedo decir que su voz fuera ominosa como la de aquel Valdemar de ultratumba, pero sí que al leer sus mails uno sentía escalofríos. Nada jamás llegaba a buen puerto con él.

Hace unos tres años traté de poner en caja un tema que él estaba llevando, en una típica cruzada absurda entre áreas opuestas por el vértice. En cada encuentro el tipo lograba contagiar su nerviosismo al resto, tal vez porque su arsenal de retiradas, bombas de humo y pases de magia se estaba agotando. En tres meses no logré nada de él; una vez fui a su oficina y me tocó temblar frente al desorden de biblioratos e impresoras en desuso. La acumulación de información inútil –lo que ahora se llama infoxicación- siempre ha sido mi fantasma.

Hoy volvía de almorzar bajo la garúa en Florida y lo vi. Venía caminando en sentido contrario, dando pequeños pasos veloces. Me di cuenta que no recuerdo su nombre: mi venganza fue el olvido, tal el consejo de Borges. Se lo veía algo más pequeño y con el pelo más canoso, lanzando miradas furtivas a ambos lados. Vincent debe estar ahora cerca del retiro, pero se aferra a su cargo como Valdemar a la vida. Debió ser la lluvia o el presagio del Otoño, pero sentí un escalofrío. Uno nunca sabe, tal vez me esté engripando.

Tuesday, March 04, 2008

Paranoia al revés

Si la paranoia es tomar conciencia de la estructura fina de la realidad, trackeando con mayor frecuencia lo que ocurre y reinyectándolo en el input de cada día, puede hablarse de lo contrario. Existe una paranoia al revés cuando, mayormente por error, el mundo toma conciencia de uno.

Es entonces cuando se habla de los quince minutos wharholianos, de los medios, y de la capacidad del networking en la atmósfera web2.0; yo más bien llamaría a este fenómeno “fama pedorra”, saludaría a las autoridades, y daría por clasurado el acto.

Me llamó Charlotte hace minutos. Los celus crepitaban angustiosamente –a estas alturas Movistar podría vender “Buena Audición” como un producto de alta gama que causaría furor en el mercado-. Le entendí a duras penas a la blonda que en un Diario de Lanata alguien escribió algo sobre nuestros blogs. Bajé al Torrente Florida, esquivé a la Muchedumbre Panfletera (cruza entre piqueteros y recicladores de celulosa) y compré el Crítica, una especie de derivada tercera del Página 12. Leí el artículo y casi todo era cuidadosamente inexacto. Todo lo cual me arroja en la cruzada absurda de dejar todo asentado en dodecasílabos.

“Hacen bardo en un diario de Lanata /
sobre blogs tuyos y míos; es sanata”.

Saturday, March 01, 2008

Una maldita cosa detrás de la otra.

"En 1971 Borges vino a Oxford, obviamente para recibir un título honorario. En ese momento yo tenía 25 años y escribí en mi diario en esa oportunidad que Borges tenía "la presencia más suave y agradable que alguna vez haya visto o sentido". Ahora tengo 50 años y el eco de esa presencia sigue sobreviviendo en mi interior. También leo que escribí "parece una veleta entrada en años que los vientos del tiempo hicieron adelgazar (...) Su obsesión calma, precisa y total con la identidad y el tiempo me hicieron sentir que ésta era la verdadera condición normal del hombre".

Hablaba en un inglés suave y agradable, y parecía nadar en nuestra literatura (...) Logró que la sala estallara en risas y en aplausos cuando citó la observación de Lord Chesterfield "Qué es la vida? Una maldita cosa detrás de la otra".
En un cierto momento hace 25 años Borges me mostró que el verdadero rol clerical del escritor es con la gravedad de las cosas, con la "verdadera condición normal del hombre" que tanto tiempo nos lleva a ocultar." Más tarde, durante la guerra de Malvinas, nos recordó que la obligación del escritor es decir la verdad, más allá de la popularidad".
(Textos de Julian Barnes haciendo referencia a JLB).

Thursday, February 21, 2008

Está seguro?

Siempre recuerdo esta escena de "Marathon de la Muerte" donde el Dr. Szell (un excelente Lawrence Olivier) le pregunta varias veces a Thomas (el mejor Dustin Hoffman; luego todo fue un fiasco) si "está seguro", usando un extraño sujeto tácito, antes de torturarlo.

Cuando se pierde algo valioso -o cuando se es robado- comienzan preguntas similares. "Está seguro"? No importa de qué se trata: personas, dinero, elementos de trabajo, cosas que merecen backup, etc. En particular en países lindantes con el Sowetho como los nuestros: LatAm es sinónimo de inseguridad.

Finalmente gastamos plata en rodearnos de un colchón de seguridades que jamás termina de ser completo. Nada jamás está del todo seguro, y sólo agregamos dígitos al 99.99...% a alto costo por cada nueve subsiguiente. Y esto nos hace sentir moderadamente tranquilos, con un nivel de sosiego semejante a tiempos pre-corralito.

No defiendo la postura contraria -nada disculpa los descuidos-, pero de todos modos la respuesta es no. Lawrence Olivier tiene razón, aunque al torturar a Hoffmann acaba de provocar su propia ruina. No, nada está seguro.

Thursday, February 14, 2008

Sensaciones mínimas

Gladys es repositora en una sucursal de Farmacias Ahumada, en Santiago. Aparenta unos cuarenta años aunque probablemente tenga menos. Es bajita, sonríe como repitiendo un dogma, y fue educada con una fuerte inclinación a diferenciar lo que está bien de lo que está mal. No admite matices, y cuando un cliente le pregunta algo inesperado, le responde con alguna obviedad que saca de quicio al cliente -si es que éste sí maneja matices-.

La raíz de este mal es fisiológico. Al ser educada en un ambiente autoritario, las neuronas de Gladys -en colaboración con iones de Calcio, claro está- dejaron de secretar neurotransmisores esenciales para percepciones sutiles de la realidad. En otras palabras, no se produce el umbral mínimo de electricidad -estamos hablando de microvoltios- para manifestar sorpresa, evitar peligros, reaccionar con humor, etc. En buen romance, las neuronas se aburren y escupen sustancias aburridas. En la pirámide de Maslow de las emociones, Gladys está abajo. Casi tan abajo como lo está Cristian, su actual pareja.

Y no es que Cristian tenga un phD de la Universidad de Boulder. Una de sus aspiraciones en la vida es emocionarse con un gol del Audax Italiano -su equipo favorito- pero eso no ocurre. Como la interacción con Gladys es cada vez más penosa, aún en detalles sobre los que no abundaré, Cristian miente para poder ir a la cancha, pero miente mal. Dice cada Domingo que se va a subir al cerro San Cristóbal, pero su abdomen habla más del pastel de choclo que venden a la salida de la cancha. Y el Audax sigue sin convertir goles, como si los arqueros contrarios se hubieran conjurado para ello. Pero Cristian no puede imaginar conjuras. Cabizbajo, regresa a su casa masticando una letanía: "ya, po, pero jugamos maaaal". Al llegar encuentra a Gladys leyendo con esfuerzo un libro de autoayuda.

Ni Cristian ni Gladys pueden tener hijos. De haberlos tenido, otra generación le hubiera pasado a la siguiente esa dificultad para manejar sensaciones mínimas. De la que nos hemos salvado.

Thursday, February 07, 2008

Barnes himself


Podría continuar siendo el que soy –que es básicamente lo que todos hacemos- y resumir en bullets de PowerPoint lo que fue la charla de ayer de Julian Barnes en el MALBA.

- Los presentadores (Quiroga, Vicente) hablaron demasiado, sobrevaloron a baja altura el vasto territorio del papelón, moderaron de un modo confuso y huyeron hacia las copas de vino.

- Barnes se mostró relajado, en el papel de bon vivant aquiesciente que renuncia a sus méritos. Esquivó la crítica a Sartre y la comparación poco feliz con Borges, y castigó tanto a los críticos literarios lejanos como a sus dos interlocutores presentes.

- Los momentos más celebrados fueron cuando declaró que un escritor es una persona “que se sienta del mismo lado de la mesa que el lector, y que va descubriéndole hechos, sin darle lecciones de moralidad”. Provocó murmullos de placer en el auditorio con frases escogidas (“me han dicho que la vida es esto; yo prefiero la lectura”) y con el recuento sutil de los pequeños azares que contribuyeron a la escritura de sus novelas.

Pero también puedo animarme a jugar un poco, y tratar de salir del PowerPoint. Allí trataría de describir la más sana de las envidias, la del lector que escucha fascinado al autor consagrado, que sabe secretamente que no será como él, y que sin embargo puede apreciar el momento en que avanza hacia el proscenio para lograr el autógrafo, coinnoseaur y cholulo a la vez. El lector habrá de luchar entonces contra la tentación estúpida de decir algo solemne o pretendidamente inteligente. Pero también puede ocurrir que en ese momento culminante, al autor consagrado le estén sirviendo su copa de vino. Y entonces el lector se rendirá a la alegría del momento, musitará “Cheers, Mr Barnes”, habrá logrado el autógrafo minúsculo y preciso, y caminará hacia la salida.

Thursday, January 31, 2008

Nuevos jeroglíficos

Cada quien elige su calvario comunicacional. Ahora, en el Messenger y en otros chats, mi hijo me tira nudges todo el tiempo y esos horribles monstruos cuyos implementos estallan en la pantalla. Me hacen gracia, me gustan, son cosas de chicos. Pero hay algo que no comprendo: que la gente grande y estable use emoticons. Lo siento del siguiente modo, como si su capacidad de expresión estuviera envuelta en pañales a punto de desbordar.

Dice Nabokov en una entrevista al New York Times: "How do you rank yourself among writers (living) and of the immediate past? Nabokov: "I often think there should exist a special typographical sign for a smile – some sort of concave mark, a supine round bracket, which I would now like to trace in reply to your question." Increíblemente, Nabokov hubiera usado emoticons.
Pero, por qué? Destruyen la línea de la página. Rompen el interlineado. Suponen empatía emocional del otro lado -y porqué habrían de gustarme tus caritas-. Le adjudican a quien los usa la incapacidad de describir sus emociones y esto da la pauta de otras carencias en otros ámbitos. Puede ser que hace una década o más, vistos en un mail denotarna cierto elitismo de recién llegado al hiperespacio. Ya no. Cualquiera los usa.

Son los nuevos jeroglíficos de gente apurada. Me, I´m just a lawn mower. Larga vida al buen texto.

Tuesday, January 22, 2008

Alfred Bester

Alfred Bester no es conocido, ni por asomo. Sus libros no fueron llevados al cine, sus cuentos no tuvieron gran fama, no hizo predicciones que se hayan cumplido.

Sin embargo es uno de los mejores escritores de sci-fi que yo haya leído. Uno cuya lectura no admite interrupciones. Rescato, en particular, "El hombre demolido" y "Tigre! Tigre!" en las viejas ediciones baratas de Minotauro de los setenta; tengo dos ejemplares que yacen casi deshechos en mi biblioteca. Ambos libros se basan en dos condiciones sobre la que se especuló mucho: la telepatía y la teletransportación. De ahí vienen los "esperts" y los "jaunteos" en la jerga de cada una de estas novelas. En ambos casos se requería imaginación; si no se visualiza New York... no se puede jauntear hasta New York.

Las citas de Bester parodian la política post guerra fría ("Millions for nonsense, but not one cent for entropy"). Sus personajes son nítidos, vitales, no vacilan. En "El Hombre demolido" el telépata Lincoln Powell es el antagonista del aristócrata Ben Reich ("Make your enemies by choice, not by accident"). En "Tigre! Tigre!" es Gully Foyle a quien el odio lo lleva de ser un mecánico espacial a poseer la capacidad de jauntear y de estructurar su venganza, a lo Conde de Montecristo.

Bester no posee el conocimiento científico de Clarke, ni la poesía exquisita de Bradbury, ni fue prolífico como Asimov. Más bien pertence a un Nacional B de la ciencia ficción, junto a Le Guin, Ballard, Dick, y no muchos más. En Bester, finalmente, conviven la imaginación de la mera transformación de la realidad, y a la vez, el anhelo de cierta justicia; algo que es precisamente el meollo de cincuenta años de sci-fi.